Hace un par de años recibí inesperadamente una caja de 500 folios en blanco de textura satinada que me sirvieron, de manera casual (serendipitismo?) para realizar una serie de tintas con un proceso de creación particular, dándole rienda suelta al azar para después intervenir en él si es necesario o dejarlo intacto. A menudo, las cosas accidentales o casuales suelen dar soluciones estéticas extremadamente hermosas, y uno debe aprender a potenciar esa ventaja del azar. Jackson Pollock aseguraba que nadie puede reprochárle que sus cuadros sean reacciones gratuitas, pues había insistido tanto en aquél modo de trabajar que podía considerar que era capaz de dominar el azar o la casualidad. Una cosa parecida buscaba yo, y el resultado fue este:
Mi manera de trabajo fue disponer una hilera de hojas esparcidas por el suelo a las que iba lanzando un papel arrugado muy concreto empapado de dos tintas especiales también muy concretas. En algunos casos, las manchas resultantes eran preciosas, caprichosas y muy sugerentes. Además ofrecían un resultado muy limpio y de gran calidad estética.
Cuando le conté mi experiencia a mi profesor de pintura, Josep Maria Codina, además de decirme que no había descubierto nada nuevo (a menudo peco de exceso de ingenuidad), me contó que lo que yo estaba haciendo se llamaban "Verónicas", cuyo nombre nos remonta a un pasaje de la Biblia: según la tradición cristiana, Verónica fue la mujer que, durante el Viacrucis, tendió a Cristo un velo para que se enjugara el sudor
y la sangre. En la tela quedaron milagrosamente impresas las facciones
del Redentor (el Santo Rostro).
De modo que se conoce con el nombre de Verónica el hecho de impregnar de tinta un papel para que quede impreso en la superfície de otro.
Finalmente, os dejo una canción (para mi es poesía hecha canción) llamada Media Verónica, escrita por Andrés Calamaro. No se me ocurre mejor cierre para este post que escuchar esta letra acompañada de la mejor música.
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